sábado 6 de noviembre de 2010

Estatismo: religión política

«Hoy domina una concepción de lo que es el capitalismo falta de realismo, que lleva directamente a la apología de lo existente. Se ignora al Estado, nada menos, y se nos exhorta a “luchar” contra el capitalismo pero olvidando al ente estatal, presentado por muchos incluso como “aliado” de las clases populares. Todo eso se ha manifestado en la HG pasada, en la que la apología del Estado de bienestar ha sido la parte más sustancial del programa de los partidos y sindicatos convocantes, con alguna excepción.» [1]

Repasando en Google Reader lo nuevo en las webs que sigo, me encuentro con un artículo en Rebelión llamado Estado y estatismo. El nombre del texto, que parece abordar un tema (el del estatismo) que echo muchas veces de menos en dicha web, muy interesada en hacer la contraofensiva a los neoliberales defendiendo el intervencionismo, me resulta por ello interesante y decido leerlo.

Me encuentro, acto seguido, con una oda a los logros del intervencionismo en materia social. El artículo empieza así:

El Estado, entendido como la asociación humana más amplia y compleja de la historia, y el estatismo, que busca la preeminencia del Estado inclusive en actividades que podrían ser cumplidas por la iniciativa privada, son objeto de análisis antagónicos. Para muchos, el estatismo ha tenido en el estalinismo y el hitlerismo dos de sus expresiones extremas, las que, en su versión actualizada, harían realidad la pesadilla del “hermano mayor” de Orwell, que lee nuestros pensamiento y nos vigila las 24 horas del día. Para otros, el Estado debe ser otra vez el gendarme pasivo en el reino de los Banqueros desregulados que, mediante sus paraísos financieros, manejan los negocios multimillonarios de drogas y tráfico de armas y siguen provocando polución ambiental que, como dijo Fidel Castro, amenaza con convertir al planeta en estepa humeante, envuelta en nubes tóxicas.

Bueno, las reminiscencias al estalinismo y al hitlerismo ya empiezan a ser sofocantes, siempre terminan asfixiando cualquier debate. El Estado hoy día me atrevería a decir que es mucho más poderoso, puesto que no necesita ni vigilar ni reprimir para mantener el ejército de súbditos en su buen recaudo [2]. Y no sólo eso: el estatismo se ha convertido en religión oficial. Por un lado, los que lo necesitan aunque no les guste para garantizar sus sistemas de dominación y posiciones privilegiadas; por otro, los que lo necesitan aunque no les guste para hacerles la contra a los primeros y hacer lo mismo que ellos, pero en nombre de la digna función pública. La cínica última frase del texto, en la que citan a Fidel Castro (ese gran estadista estatista) resulta explicativa de la ceguera que tienen. ¿Pero es que acaso los Estados no utilizan el sistema monetario y la especulación para sus fines, es que acaso no manejan negocios multimillonarios de armas y de drogas, acaso no van por el mismo camino de convertir al planeta "en estepa humeante"? Esta ceguera queda confirmada más adelante en el propio artículo, cuando se congratula el autor de que las explotaciones de recursos y energía pasen de manos privadas a manos estatales para que todo continue igual, en vez de plantearse una salida al sistema suicida.
¿Es esto la izquierda radical?

Evidentemente, dentro de la esfera reformista, cortoplazista, posibilista y cuantos adjetivos se nos puedan ocurrir, el Estado ha solucionado problemas inmediatos (que él mismo se encargó de crear muchas de las veces) a muchas poblaciones. Pienso en la educación, las conquistas sociales, el Estado del bienestar y todo eso. Pero por favor, un poco de profundidad en los análisis nos bastaría para ver que ha sido siempre a costa de un daño mucho mayor. Que la educación la usa el Estado para crear élites académicas que propagan el discurso del sistema, para crear ejércitos de asalariados y gregarios ideológicos, que las conquistas sociales apuntalan aún más el modelo socioeconómico al hacerlo más bonito y reformable y anular toda crítica radical del mismo, que las nacionalizaciones continuan el modelo explotador y ecocida de la iniciativa privada capitalista, que los nacionalismos políticos crean las dictaduras parlamentarias [3], profanan el significado real de democracia, y tantos etcéteras.

De todo ello, en fin, se felicita el citado texto... Hay que joderse.


[1] Intervención en el debate sobre la huelga general del 29-S.

[2] Al respecto recomiendo leer una tira ilustrada que nos compara los miedos de George Orwell y Aldous Huxley, en la que podemos apreciar que el segundo profetizó totalmente lo que hoy vivimos, lo cual no impide apreciar por otro lado que, si la cosa se pusiera fea, el Estado podría convertirse en lo que vaticinó Orwell. Es cuestión de táctica.
- Tira original en inglés con todos los dibujos.
- Comentada en castellano.

[3] Sobre el parlamentarismo como sistema de dominación, recomiendo encarecidamente tanto el audio de la conferencia como el texto homónimos de Félix Rodrigo Mora.

2 comentarios:

  1. Este mundo globalizado en el que unas entidades han adquirido el poder y las dimensiones para ponerse a la altura de los Estados plantea muchos problemas, porque ya no son sólo los Estados los dueños del mundo, existen numerosas relaciones e intercambios Estados-transnacionales-lobbys-think tanks que hace que todos dirijan los caminos políticos.

    Y otra característica hace este sistema muy sólido, la existencia de un pensamiento único mundial asegura que tanto las entidades privadas como los Estados estarán manejados siempre por las mismas personas u organizaciones.

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  2. Estás en lo cierto. Pero recuerda por qué pueden llegar a ese nivel, quién hace los ordenamientos jurídicos (donde se regula el Derecho mercantil entre otros). No hablo de Estado como conjunto concreto de personas con determinados poderes, sino del Estado como modo de organización sociopolítica, como vértebra por donde todo pasa siendo permitido, prohibido o "dejado pasar"...

    Las transnacionales son poderosísimas, está claro, pero lo son por un sistema que permite y promociona eso.

    El intercambio entre sector privado y público es una muestra más de la ubicuidad estatal. El detalle de que sean físicamente los mismos es secundario, en mi opinión, puesto que ese no es un requisito. La espontaneidad siempre es favorable al sistema en el que surge, de modo que no es necesario plantearse confabulaciones, contubernios y demás. Todo funciona sin sombras, todo está muy clarito.

    De ahí que, como comentamos en la entrada anterior, no sólo niego que haya libertad de conciencia, sino por supuesto niego que haya democracia. Afirmarlo suena a impostura.

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