Hay que partir de una base preclara para evitar un error en el que muchos caen: el feminismo no se puede equiparar al machismo. No podemos, en un cínico ejercicio de pretendida ecuanimidad, igualar ambos conceptos como dos vertientes de una misma idea o actitud. El feminismo tiene en su razón de ser la autodefensa de la mujer ante actitudes lesivas para ella y dominantes en ciertos períodos y lugares históricos. Actitudes protagonizadas por hombres pero también por las propias mujeres en muchos casos. El machismo no es lo mismo pero al contrario, el machismo no es más que esa actitud, muchas veces institucionalizada y por tanto agravada, de la cual las mujeres y no sólo ellas (también es lesiva para la dignidad del hombre adoptar tales posturas) necesitaban defenderse.
Dicho esto, que es lo primero que hay que entender para poder posicionarse ante este asunto, podemos empezar a hablar ya de feminismos. A partir de la anterior noción básica, empezaron a crearse feminismos personalizados para diversas tendencias filosóficas, ideológicas o epistemológicas (feminismo filosófico, feminismo cultural, feminismo liberal, anarquista, marxista, ecologista, islámico, etc.).
El feminismo sufrió progresivamente un proceso de institucionalización, es decir, de integración en las estructuras del poder, que fue destruyendo su sentido auténtico de autoejercicio colectivo de liberación. Perdió el control sobre sí mismo y, de forma análoga a la evolución de las luchas antirracistas o ecologistas, su integración y patrocinio por el Estado ha conllevado la aniquilación total de todo su contenido potencial o realmente revolucionario. Desde ese momento, el feminismo institucionalizado sirve para la consolidación, ampliación y perfeccionamiento del sistema de poder. Se convierte, por tanto, en lo que podemos denominar feminismo de Estado.
El feminismo de Estado está haciendo un flaco favor a la mujer, pues hace gala de varias características perversas:
- Considera a la mujer una persona necesitada, per se, de ayuda. La considera además "condenada" a la maternidad, algo que debe soportar y llevar con la máxima resignación y disimulo, pues afecta a su emancipación. Es por esto que se habla de un neo-patriarcado. Como expresa María del Prado Esteban, se erige el dinero como factor emancipador, ninguneando otras formas de convivencia social.
- Configura al hombre como el enemigo. Propaga la creencia de que las estructuras de poder del pasado nunca han reprimido al hombre, sólo a la mujer. Visto así, se considera una gran conquista el acceso de la mujer a puestos antes ocupados por hombres (militares, directivas empresariales, jefaturas de Estado, etc.), lo que tiene como consecuencia el nulo análisis crítico de tales entidades en su mismidad.
- Al consistir la emancipación promocionada en la integración total en el sistema político, económico e ideológico establecido, se olvida el cuestionamiento del mismo en todas sus facetas. Todo en él se convierte en neutral, cuando no directamente positivo.
Usaré una metáfora quizás simplista pero esclarecedora: la del verdugo. La profesión de verdugo seguramente haya sido monopolio de hombres, ¿consideraríamos un logro social el acceso de las mujeres a tal puesto? ¿Se nos olvidaría que la mera existencia de ese puesto es lo que debe ser cuestionado? No nos confundamos, la alegría inequívocamente justificada de ver cómo se abandonan posturas que consideran a la mujer incapaz de hacer lo mismo que el hombre por ser mujer no puede cegarnos e inhabilitarnos para el análisis de la realidad.
A continuación dejo un vídeo de la citada María del Prado Esteban, cuyos trabajos me han sido de mucha ayuda para poder entender este fenómeno, a pesar de no concordar con muchas de sus posturas.

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